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jueves, 10 de mayo de 2012

La LOCURA (Voltaire-Diccionario filosófico)


¿En qué consiste la locura? En tener ideas incoherentes y en obrar con incoherencia. ¿Desea conocer la locura el más sabio de los hombres? Pues reflexione en la ilación de sus ideas durante sus sueños. Si hace laboriosamente la digestión por la noche, un montón de ideas incoherentes le agitan: parece que la Naturaleza nos castigue por haber comido demasiado o por haber escogido mal los alimentos, haciendo velar nuestros pensamientos, porque cuando dormimos sólo pensamos cuando hicimos una mala digestión. Los sueños que nos inquietan son realmente una locura pasajera.

La locura que nos asalta cuando velamos es también una enfermedad que impide al hombre necesariamente pensar y obrar como los demás hombres. El que no puede administrar sus bienes, la ley le impide que los administre; el que no tiene ideas que convengan a la sociedad, lo excluyen de ella; si es peligroso, lo encierran; si está furioso, lo atan. Algunas veces le curan haciéndole tomar baños, otras le sangran.

El hombre que se encuentra en esa situación no está privado de tener ideas, las tiene como los demás hombres cuando está despierto, y con frecuencia cuando duerme. Podrá preguntarse en qué consiste que su alma espiritual e inmortal, alojada en su cerebro, recibe las ideas distintas y claras, y sin embargo, no tiene el criterio sano, ve los objetos como el alma de Aristóteles, de Platón, de Locke y de Newton los veían; oye los mismo sonidos, tiene el mismo sentido del tacto: ¿en qué consiste, pues, que recibiendo las mismas percepciones que los hombres más sabios reciben, forman ellas una confusión extravagante, sin poderlo evitar?

Si su sustancia sencilla y eterna tiene para desempeñar todos sus actos los mismos instrumentos que las almas de cerebros más sabios, ésta debe razonar con ellos. Concibo perfectamente que si el loco viera rojo lo que los sabios ven azul; que si cuando los sabios oyen música, el loco oyera el rebuzno de un asno; que si cuando aquéllos oyen un sermón, el loco oyera una comedia, su alma debiera pensar al revés que las otras. Pero no es así; el loco tiene las mismas percepciones que ellos, y al parecer no hay una razón para que su alma, recibiendo por medio de sus sentidos todos sus útiles, no pueda usarlos. «Es pura —dicen—; no está sujeta por sí misma a ninguna enfermedad; está provista de todos los auxilios necesarios; suceda lo que suceda al cuerpo, nada puede cambiar su esencia, y sin embargo, la llevan dentro de su estuche a las casas de locos.»

Esta reflexión nos hace sospechar que la facultad de pensar, que Dios concedió al hombre, está sujeta a trastornos como los demás sentidos. El loco es un enfermo cuyo cerebro padece, como el que tiene gota es un enfermo que padece de los pies y de las manos, pensaba con el cerebro como andaba con los pies, sin conocer siquiera que estaba dotado del poder incomprensible de andar y del poder no menos incomprensible de pensar. Puede tenerse gota en el cerebro como en los pies. Después de meditar mucho sobre esta materia, quizás únicamente la fe pueda convencernos de que una sustancia simple e inmaterial pueda estar enferma.

Los doctos y los doctores le dirán al loco: «Amigo mío: aunque hayas perdido el sentido común, tu alma es tan espiritual, tan pura y tan inmortal como la nuestra; pero la nuestra está bien alojada y la tuya mal; tiene tapadas las ventanas de la casa, le falta el aire y se ahoga.» El loco, en sus momentos lúcidos, les contestará: «Amigos míos: dais por supuesto lo que es cuestionable. Mis ventanas están tan abiertas como las vuestras, porque veo los mismos objetos y oigo las mismas palabras que vosotros; es, pues, indispensable, o que mi alma haga mal uso de mis sentidos, o que sea ella misma un sentido viciado, una cualidad depravada; en una palabra, o mi alma está loca, o no tengo alma.» Uno de los doctores podría replicar: «Amigo mío: quizá Dios creó almas locas, como creó almas sabias.» El loco le objetaría, diciendo: «Si creyera lo que me decís, estaría más loco de lo que estoy. Os suplico, ya que tanto sabéis, que me digáis por qué estoy loco.»

Si los doctores están dotados de buen sentido, le contestarán que no lo saben. Ignoran por qué un cerebro concibe ideas incoherentes, como también ignoran por qué otro cerebro concibe ideas regulares y continuadas. Si se creen sabios, serán tan dementes como el loco.

El loco, en uno de sus momentos lúcidos, les dirá: «Pobres mortales, que no sabéis conocer la causa de mi enfermedad, ni curarla, temblad que llegue un día en que os quedéis como yo, o peor que yo. No sois de mejor familia que el rey de Francia Carlos VI, que el rey de Inglaterra Enrique VI y que el emperador Wenceslao, a los que se les trastornó el juicio en el mismo siglo; no tenéis más talento que Blas Pascal, que Jacobo Abbadie y que Jonatás Swift, y los tres murieron locos. Este último fundó un hospital para los dementes: ¿queréis que vaya allí y os reserve un sitio?»

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